Me envolverán las sombras [1]

 

A Yanet Acosta

Cada día Lorenzo realiza el mismo ritual: al despertar se prepara una tizana de menta, limón y miel, luego desayuna  una taza grande de café negro con una tostada con paté y jamón serrano. Al terminar de desayunar, prende un puro y se sirve otro café. Se sienta sobre la gran mecedora de la terraza mientras ve cómo comienza a despertarse la ciudad. Abre el libro de turno y lee unas horas (a veces con más desgano que ganas). Almuerza cualquier cosa. Duerme la siesta. Escucha casi siempre jazz. Prende otro puro. Otro café. Vuelve a leer. Cena cualquier cosa. Se acuesta. Cada día el mismo día, rutina solo interrumpida los miércoles.

Miércoles, el día que viene Mercedes desde una ciudad vecina a hacer el amor con él. Ese día, desde que se levanta, comienza a hurgar en un viejo cuaderno la receta que cocinaría para ella, y que siempre es un caldo o estofado. Hoy que se cumplen 25 años de este ritual, Lorenzo sabía ya de memoria la receta. Hoy cocinaría un rabo encendido, acompañado de arroz blanco y aguacate. Pero Mercedes no vendrá hoy.

El miércoles pasado todo transcurrió igual. El rabo encendido le había quedado de concurso y fue el único día de los últimos años que hicieron el amor dos veces. Las notas de los boleros y las lágrimas de Mercedes hicieron que la habitación se llenara de un encantamiento sin igual.

Ahora sabe que ese segundo polvo fue una despedida. Hicieron el amor como nunca; esa segunda vez se pareció a la primera, en un callejón apenas iluminado por un farol vergonzoso que palpitaba al ritmo de sus cuerpos que, llenos de bríos, se entregaban sin mesura.

Con los recuerdos flotando a su alrededor comienza a poner sobre la mesa los ingredientes que va a utilizar: rabo de vaca, aceite, cebolla, ajo, orégano, apio, ají cubanela, ají gustoso, tomates, ron dorado, aceitunas sin semillas, naranjas agrias, sal y pimienta.

Lo primero es majar los ajos con pimienta y las ramas de orégano. Limpiar el rabo, lavarlo y secarlo. Rebanarlo en porciones no muy gruesas y sazonarlo con la mezcla del ajo, el orégano y la pimienta. Mover para que se integren los sazones a la carne. Dejar reposar por media hora.

Mientras la carne reposa, Lorenzo se sirve ron en la misma taza de café y tararea la canción de la radio, haciendo pausas para dar breves caladas al puro y tomar sorbos de ron, «corazón, corazón oscuro, corazón, corazón con muros, corazón que se esconde, corazón que está dónde, corazón, corazón en fuga, herido de dudas de amor».[2]

Llevar al fuego un caldero de fondo grueso, poner a calentar el aceite. Agregar la carne y dejar dorar por unos minutos. En el envase donde estaba la carne marinando, agregar agua suficiente para aprovechar los jugos y residuos y verter este líquido sobre la carne hasta cubrir, dejar cocer a fuego medio alto por una hora aproximadamente, sin dejar secar o pegar.

El aroma de la carne comienza a llenar toda la estancia, vuelve a sentarse en la mesa del comedor mientras la luz que entra por la ventana dibuja la sombra de Mercedes. ¡Ay, Mercedes! ¡Qué soledad la que llena este miércoles en el que no estás! Y la radio le da una estocada disfrazada de bolero, «y en la penumbra vaga de la pequeña alcoba, donde una tibia tarde me acariciaste toda, te buscarán mis brazos, te besará mi boca, y aspiraré en el aire aquel olor a rosas. Cuando tú te hayas ido me envolverán las sombras».[3]

Cierra los ojos y frente a él se repite como un videoclip esa última vez, ahora sabe que fue la última vez que tuvo a Mercedes, al cuerpo de Mercedes, al alma de Mercedes, desnuda sobre su cama: su vientre aún terso siendo recorrido por sus dedos lascivos, y su lengua, la de ella, lamiendo sigilosa sus orejas y sus manos, la de los dos, palpando en la ceguera de la habitación, sus pieles de estrella y ceniza.

Luego de este tiempo, agregar cebolla, ajíes, apio, pasta de tomate y ron. Rectificar sal y agregar más agua, si fuera necesario. Al final debe quedar con suficiente salsa, dejar cocer moviendo de vez en cuando por otra hora o hasta que la carne esté blanda y tierna.

Ese miércoles queda solo como un recuerdo. Solo el vacío dejado por su voz en esa casa ya convertida en pabellón de nostalgias, en una lúgubre estadía de fantasmas que lo acompañarán siempre.

Cuando la carne esté lista, agregar aceitunas, jugo de las naranjas agrias, salpimentar al gusto y dejar cocer por unos minutos más.

¿Cómo se hace para borrar recuerdos? ¿Cómo se arranca uno de los poros los olores, las caricias? ¿Cómo borrarse de los dedos la lengua ardorosa de Mercedes?

Acompañar con arroz blanco y aguacate.

El olor de la carne cocida compite con el olor del cuerpo tibio de Mercedes, que se hace presente en una veta de su memoria. Y sigue viendo las escenas de ese miércoles mientras va sirviendo en un tazón los trozos de carne. Va colocando todo sobre la mesa: las servilletas de tela lila, las copas, la botella de vino tinto, la ensalada de aguacate, el arroz, la carne. Y, como un flechazo, repara en el hecho de que ha colocado dos puestos en la mesa, ha apagado el puro (a Mercedes no le gusta el olor), ha cambiado la música (a Mercedes tampoco le gustan los boleros).

No soporta más y todo lo guardado estalla fraccionando sus recuerdos y ahora junto con las imágenes de ese miércoles de pasión se alternan con las del cuerpo de Mercedes entre las paredes gélidas del ataúd. Todo fue tan rápido: se despidieron con la certeza de que no volverían a verse. Ella le contó sobre su enfermedad. Él, con un atisbo de esperanzas, le dijo que lucharían juntos. Ella, vencida ya, se quedó callada. En el último abrazo una certeza lo atravesó: la había perdido.

Por eso, juró frente a su ataúd que cada miércoles cocinaría para ella, para ellos, hasta el día último de su vida. Dentro de sí latía una mínima esperanza de que no pasaría mucho tiempo sin unirse a ella, en lo que fuera que existiera más allá de la muerte.

Deja la mesa lista pero no se sienta a comer. Como sonámbulo, camina hacía la habitación y saca de la mesilla de noche el viejo revólver Magnum .357 y entre lágrimas la canción que arañaba las paredes «como el primer día, como el primer beso y el primer exceso de melancolía. Como la folía del primer intento, como el argumento de una profecía. Como el primer día te sigo queriendo».[4]

Un estruendo espanta a los fantasmas, se enreda entre las cortinas y en el rostro inerme parece dibujarse una sonrisa, y en los ojos, el mismo destello de cuando conoció a Mercedes.


[1] Publicado en En tránsito. Antología de la cuentística dominicana actual (1970-2017). Selección y prólogo de Nan Chevalier. (Madrid: Amargord, 2017).
[2] Quién fuera-Silvio Rodríguez.
[3] Sombras-Poema de Rosario Sansores, interpretado, entre otros, por Julio Jaramillo.
[4] Como el primer día-Alberto Córtez.

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Un rojísimo mar entre los framboyanes-1

Ilustración: ©Ariadna Acosta

 

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