Mirar una frondosidad de peces

Un inmenso manantial de agua brotó de la calabaza rota y cubrió la Tierra de ríos y lagos, de océanos y mares. En el agua dulce y en el agua salada nadaban peces de muy diferentes tamaños y colores; peces multicolores, como el arco iris. Y así fue como de los huesos de Yayael nació el mar. 

                                                                                                Mito taíno, recogido por

fray Ramón Pané

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Mirar el mar, ser quizás un pez que, en su memoria líquida, recorre la transparente piel del salitre. Hacerse uno también un puñado de aleteos que transita el presuroso temblor del agua y rescatar el naufragio de memorias que reposa, inquieto, entre las horas que,  marchitas, vamos viviendo.

Háganse los peces nos sumerge, sin pedir permiso, en una narrativa de insularidad, «esa maldita circunstancia del agua por todas partes», y nos hace (re)plantear la relación que tenemos con el mar y su frondosidad de peces, esos frutos de escamas,  que revolotean mansos entre vida y muerte.

«¿No sientes que andan peces antiguos por tus venas recientes?», pregunta el poeta Manuel del Cabral y, de alguna manera, desde estas fotografías se nos cuestiona exactamente lo mismo. El nacimiento del mar y los peces, que representan simbólicamente a todas las criaturas marinas, está presente en todos los textos que

explican el surgimiento del hombre sobre la faz de la tierra. Para algunos pueblos de la antigüedad, el pez representa, en una dualidad contrastante,  la muerte y el nacimiento. Para el cristianismo, es poseedor de la fuerza espiritual de Jesús, el Cristo; sus apóstoles son nombrados como «pescadores de hombres» y quienes se bautizaban eran considerados como peces que renacían de entre las aguas purificadas. Pez: vida moviéndose entre/contra las aguas.

Pedro Genaro, desde la fotografía documental, irrumpida por «lo real maravilloso», y utilizando referencias bíblicas, perfectamente identificables desde el título de la muestra, cuestiona nuestro trato con la naturaleza. Muestra esas simbiosis que, quizás, resumen todos los secretos de la existencia: mar-tierra, vida-muerte, bien-mal, contenidas en una dualidad hombre-pez.

Háganse los peces es, sin dudas, una acusación directa a nuestra destructiva forma, antropocéntrica y egoísta, de relacionarnos con los demás seres del universo. Estas fotografías, denuncia del ahora, anuncio del mañana, representan la paradójica relación del hombre y su entorno: te mato para alimentarme.

Desde estas imágenes, se dibuja esa frondosidad de peces que, como un espejo, refleja nuestra propia naturaleza de predadores, viniendo como bumerán contra nuestras cabezas.

 

Luis Reynaldo Pérez

Poeta/Curador de arte

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