Críticas/Reseñas

Invitación a la lectura en la contraportada de Urbania (Santo Domingo: Editorial Funglode, 2013)

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Luis Reynaldo Pérez surge en el escenario de la poesía dominicana del nuevo milenio con una voz donde parecen encontrarse, sin rubor alguno, los torrentes sacudidores de esa poética que se incuba y proyecta desde las ensenadas vehementes y tórridas de nuestros días, y las claras, vivas y armonizadas alas de la memoria cotidiana y de los enredados caminos de los días y las horas. Por eso, la ciudad es su órbita y su desvelo, con sus calles, sus desafíos, sus piedras, sus sombras, sus aceras, sus presagios. Urbania, el libro que obtuvo el Premio de Poesía Pedro Mir 2012, que entrega anualmente La Fundación Global Democracia y Desarrollo (Funglode), afirma la calidad de este poeta que, en poco tiempo, ha ido creando su espacio en la ciudad de sus relámpagos: como tallerista literario, como fundador de colectivos poéticos y como editor on line de una importante revista de poesía. El filólogo canario Jose Ángel de León, que prologa esta obra, dice bien cuando afirma: «Urbania es un nuevo libro de una promesa de la poesía dominicana; una promesa ya premiada que nos habla de una ciudad desmemoriada que constituye dolorosamente, como una herida sin cicatriz, la memoria (el ser) del poeta; una ciudad con “[…] el sueño tan liviano / como su propia cara / sin tiempo”, igual al rostro de la misteriosa anciana del cuento de Tieck, cuyos rasgos reales eran imposibles de discernir, pues por su longeva edad estaba siempre en continuo e hipnótico movimiento». Editorial Funglode se siente complacida de presentar a Luis Reynaldo Pérez con un poemario como Urbania, que merece el reconocimiento del buen lector de poesía.


Urbania, una ciudad enredada en la memoria

Existe una ciudad de memoria de agua, una ciudad mujer o animal que olvidó su nombre de doce letras, su vejez medio milenaria, su lento sufrimiento proletario, la fertilidad denegada de sus putas, la tierra ocupada por sus muertos y el asfalto transitado por horrores, aburrimiento y soledad. Tal vez porque también yo provengo de una ciudad que no puede recordar más que el mar, fundada hace quinientos años por las mismas manos perdidas pero presentes y el mismo caminar de nombres que se pudren a sus pies, puedo entender a su guardián, quien la vigila en la noche, quien la observa dormir, quien la ayuda a despertarse, a recordar.

Hay un perro, un náufrago, un cuchillero de palabras, un poeta que ladra a Urbania –trasunto de su Santo Domingo, la lengua muerta de su nombre la hace epítome de toda ciudad deshumanizada– con poemas cortos construidos casi verso a verso cortantes, a trompicones de anáfora y negándonos la puntuación para hacernos respirar dificultosamente la contaminación que está del otro lado de su poesía, como la que hace brotar las lilas del Ozama. Tal vez es esa suerte de atmósfera asfixiante la que condiciona el amor y el odio (ambos dudosos y conflictivos) que el poeta siente por el espacio urbano, sentimientos que lo hacen refugiarse en la aliteración arriesgada y en una intertextualidad (marcada con bastardilla) que parece reclamar el socorro compañero de otras voces que ya apalabraron un parecido sufrimiento (Nan Chevalier, Freddy Gatón Arce, Pedro Mir, el mexicano Fernández Iglesia). De alguna forma (tal vez a modo de refrendo), esta polifonía completa el diálogo íntimo, desgarrado y contradictorio entre el yo o el nosotros en que se ubica la voz poética y el de la ciudad, a quien se increpa, se perdona, se requiere, se explica.

La urbe está habitada por motivos (los perros y su ladrido; los árboles –alheñas, palmas, acacias– y la esencia trepadora de su forma, de la yerba y las raíces; las masas sin nombre, multitud de rostros que se anulan o de ojos que acechan, «explosión de azares»; la música anómala de tambores; la lluvia y el viento; la luna, el río y el mar) vacilantes en su significación, como si los referentes y los sentidos que les da el poeta descansaran en lugares separados y pudieran ir intercambiándose –buen conocimiento y uso de la doblez arbitraria del signo–. Se trata de un ingenioso hallazgo poético diría que antisimbólico, poco propenso a poetizar la experiencia de una ciudad a través de elementos fijos; más bien lo que se canta es el anonadamiento ante los fenómenos y elementos de que se compone una ciudad ni bella ni armoniosa. ¿Qué es Santo Domingo: sus habitantes, su paisaje, su historia, un enorme mecanismo…? Probablemente la pesadumbre de todo ello.

Frente a la opción barroquista (que expresaría esta personal vivencia de lo urbano a través del agotamiento nomenclador), el poeta, Luis Reynaldo Pérez, prefiere la confusión de lo esencial, la repetición semánticamente inestable de formas callejeras reconocibles que sutilmente convierte la cotidianidad de la urbe en una espiral de significados movedizos, incapaz de quedar fija en un símbolo: así, el perro del comienzo que solo parecía perro («construyo un arrullo / para dormir a la ciudad desvelada / desafío a los perros que muerden el horizonte») pasa a ser metáfora del poeta («a estas horas todos duermen / menos un perro / que con el eco de su ladrido / acompaña la solitud de tu madrugada»; antes se había leído «La ciudad ahora duerme […] / solo aquí / veo el sueño / de los demás»), metáfora de los habitantes («somos lobos que aúllan sobre la redondez de los soles») y, finalmente, de la propia ciudad, a la que se dirige la voz poética como «perro que arrufas en la noche». Un motivo más abstracto, el viento, resulta más difícil de aprehender en su vaivén denotativo. Opto por conceder a su omnipresencia la representación de la poesía, una poesía que sustenta a Santo Domingo y que el yo poético insiste desesperada e inútilmente en apresar; poesía, sentido de la ciudad, de ahí que la propuesta de este poemario sea infinita y que su poética se base en la ambigüedad irresuelta. En la parte final del poemario, los últimos cuatro poemas del libro, quien nos habla llega a definirse de este modo: «soy una manada de vientos que mastica la oscuridad», una confusión inseparable de versos o impresiones («la ciudad es…», «en la ciudad hay…» son frases y objetivos constantes del poemario) que trata de mediar con lo agónico de ser ciudadano en un lugar que, a lo largo de los treinta poemas, se nos ha enseñado casi siempre en la noche, su estado natural.

Urbania es un nuevo libro de una promesa de la poesía dominicana; una promesa ya premiada que nos habla de una ciudad desmemoriada que constituye dolorosamente, como una herida sin cicatriz, la memoria (el ser) del poeta; una ciudad con «…el sueño tan liviano / como su propia cara / sin tiempo», igual al rostro de la misteriosa anciana del cuento de Tieck, cuyos rasgos reales eran imposibles de discernir, pues por su longeva edad estaba siempre en continuo e hipnótico movimiento.

Jose Ángel De León (Filólogo, investigador literario y académico canario)


Urbania o la ciudad insomne (Fragmento)

En Urbania, Luis Reynaldo Pérez (nacido en 1980) funda una poética de la ciudad. Su discurso lo articula en base a la invención  de un sujeto poético que canta desde una mirada nocturna, en un tiempo- espacio de la cotidianidad. Como el flaneur o el voyerista –del que tanto habló Baudelaire-  Pérez ausculta la realidad urbana, en la que el ser poético va cantando y enunciando, revelando un mundo y destruyendo otro. Memoria poética que se refugia en el duermevela; poesía que nace de la experiencia del insomnio y que se nutre de la vigilia.

La poesía de este breve poemario titulado Urbania representa la voz de una generación de nuevos poetas urbanos que proviene de una memoria finisecular y un presente novosecular. Sus tonos, matices y pulso creativo son el reflejo de una experiencia estética personal que nos sirve de termómetro para medir la temperatura del momentum de la poesía dominicana actual, con su respiración cotidiana, sus angustias, conflictos existenciales y su mirada sobre los días y las noches de la ciudad de Santo Domingo.

En diálogo con Nan Chevalier, Freddy Gatón Arce o Pedro Mir, Luis Reynaldo Pérez se inserta en una ciudad simbólica con mar, calles mugrientas, perros realengos, y evoca así, no sin nostalgia y desarraigo, una atmósfera que bosteza al compás del aire nocturno y desolado de la urbe posmoderna. Su voz es pues la encarnación de una poética social. De la intimidad de la experiencia visual hasta la muchedumbre, entre el yo poético y el nosotros, el poeta postula una voz que péndula entre lo imaginario y lo empírico, lo evocado y lo visto, lo sentido y lo memorizado. Desgarramiento lírico del ser poético cuya voz es la expresión de una generación de novísimos poetas que están sacudiendo el firmamento de las letras nacionales con nuevas visiones, frescos registros sensibles y abierto imaginario.

Basilio Belliard (Poeta, ensayista, editor y crítico literario dominicano)

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La ciudad como el eje de la palabra (Fragmento)

Urbania, de Luis Reynaldo Pérez, nos recuerda la sentencia borgiana en el sentido de que no hay clasificación del universo que no sea arbitraria ni conjetural. Así funcionan, también, los engranajes de la creación literaria. Desde la perspectiva que le permite a esta voz la entramada celosía de la vigilia, nosotros los lectores también podemos percibir lo que está bajo la superficie de estos poemas. Es como si nos sumergiéramos en la estructura profunda de un espacio, paradójicamente alejado del ruido y más cercano a la esencia –evanescente por cierto– de las cosas y de los seres. Y es que hay una banda sonora detrás, flanqueando a estos versos, que sirve de marco al horizonte planteado por Luis Reynaldo Pérez. Se trata de la estancia donde la noche es una espina de salitre y, desde la ruptura que provoca, vuelve evanescentes a los seres, a las cosas y al paisaje. Podemos decir que la aventura de Urbania, más que soltar la mirada y los sentidos en busca de un lugar donde alojarse en el mundo, es más bien un viaje exploratorio de la conciencia por sus meandros interiores. O sea, deviene una serie de enunciados desde donde se proyecta al exterior.

En los poemas de Urbania hay una denodada tensión entre la memoria y el olvido que procede del logro de proponer una morada para el lector, construida con un ánimo de globalidad que reitera la reformulación de los significados –ánimo que llega casi en ondas– y proporciona al conjunto de poemas un ritmo contagiante, envolvente. A lo largo y ancho de la geografía de sus textos, hay una evidente fuerza en las imágenes de tipo táctil. El sentido del tacto se regodea entre la fragilidad y la aspereza de los elementos que tiene frente a sí, construyendo un inventario de imágenes sensoriales que, por su riqueza, dejan un nicho menor para otros sentidos. Me parece que la intención de este recurso es la de que el ingreso a las calles, plazas, esquinas y recovecos de esta ciudad, no posea una guía de tránsito, sino que cada quien pueda emplazar una señalética particular que le marque el norte (que es, más bien, sur, o sea, la orientación también se pervierte en la traza de esta ciudad). El destino de esta señalética es múltiple, variado como el que corresponde a una urbe caotizada, y donde el lector no asiste a mediación alguna porque allí directamente puede dirigirse, o extraviarse.

Luis Carlos Mussó (Poeta, escritor, periodista y académico ecuatoriano)


Sobre Urbania

Luis Reynaldo Pérez se perfila desde ya como uno de los más importantes poetas de la actual generación literaria del país. Su libro “Urbania” (Premio Funglode de Poesía Pedro Mir, 2012) es un ramaje de sudores pendulantes que rebota en la citadinidad convulsa del grito y el claxonazo. Del maridaje existencial con la piedra, Luis Reynaldo extrae su Urbania (Mujer-Ciudad), narcisista que se mira en los “espejos líquidos” ejecutados por la lluvia con temblor de llanta desnuda que dispara sus pezones de hule. Luis nos transporta desde la Ciudad antropomorfizada que siente hasta la Ciudad que enamora, muerde y subyuga con sus brazos de agua sobre el viento. Leemos con un asombro creciente los versos precisos, telúricos y rabiosos que circulan por “Urbania” como carros de fuego impulsados por dragones emplumados: “con ramas llenas de pájaros brotándole por los oídos”, “y se hienden como un cuchillo de saliva en tu espalda”, “y estornudan llenándote de pajarillos y hojas que navegan / en el agua que anega tu pecho”. Y después de leer la “Urbania” de Luis Reynaldo Pérez, uno se queda “con su nombre arbolado entre los dientes”.

Carlos Reyes (Poeta, ensayista y bibliotecario dominicano)


Sobre Urbania

Lo primero que hay que decir sobre este poema “Urbania” de Luis Reynaldo Pérez es que es un gran poema y que el jurado de la FUNGLODE en poesía, esta vez no se equivocó al premiarlo.  Ahora se puede pasar a decir lo siguiente: la ciudad de Santo Domingo en no pocas ocasiones se ha vestido de vida, ha cobrado pasos, movimientos, sentidos, sentimientos, tragedias, humores, sensualidades extremas.  Otros han sido los poetas que han escrito a la ciudad, sobre la ciudad, desde los tiempos de la colonia hasta nuestros días.  De hecho, existe una interesante antología publicada por la Editora Nacional que se llama La ciudad en nosotros, recopilación que abarca los más interesantes poemas que sobre la ciudad de Santo Domingo se escribieran a partir de la decapitación de la tiranía trujillista.  Sin embargo, este poema de Luis Reynaldo Pérez -prosopopeya poética magistral- le da a la ciudad una especie de ensamblaje especial, la desarma, busca pieza por pieza los elementos que componen este tumulto, estas infraestructuras, este mar, este bacanal, esta inusitada tragedia que día a día adquiere conciencia particular para convertirse en un personaje multifacético que deambula y que se deambula.  Este poema de Pérez es una muestra que para hacer poesía moderna -moderna por su actualidad- no necesariamente hay que abandonar  las bellas imágenes que conforman la poesía, que la construyen a partir de una visión especial, escrutadora, alejada de lo mortalmente sensorial, en este libro las imágenes de desparraman, se entrecruzan, se escupen frontalmente y se abrazan en una acción de intensidad manifiesta que permite palpar la pasión del poeta por su entorno citadino.  Presentes están de manera constante elementos que vivifican la ciudad como es el caso del mar -presente siempre- pero un mar cómplice como continente y contenido, como ropaje acuoso de esa ciudad; presente también está la noche, casi omnipresente, Luis Reynaldo nos presenta una ciudad que dormita pero que vive, que convierte la noche en uno de sus fantasmas y en una de sus fiestas.  No se debe obviar el homenaje que hace el poeta a la novela “Ciudad de mis ruinas” de Nan Chevalier en donde convierte el título de esta novela en un apreciable verso, convierte este título en un collage de su obra, lo cual representa un homenaje al gran escritor.   Pero las descripciones de este poema no escapan a las influencias del Pablo Neruda que describe a la Isla de Pascua en “La Rosa Separada” y en otras de sus obras, pero esto, lejos de restarle mérito a la pieza poética, la enaltece.  “Urbania” es un derroche de imágenes logradas con ritmo y con la conciencia plena de que la poesía sigue siendo un ineludible elemento de belleza.

Omar Messón (Poeta, narrador, ensayista, abogado y  periodista dominicano)