Nacer como la auyama

36366057934_e194213d50_oMientras el país comenzaba a asimilar los daños causados por el paso del huracán Irma, sobre todo en las ciudades de Nagua y Puerto Plata,  el viernes recibíamos una noticia, un palo acecha’o, que se suma al cerco de impunidad que ahorca cada día más a la sociedad dominicana.

Los únicos dos acusados por el caso Odebrecht que estaban encarcelados, Víctor Díaz Rúa y Ángel Rondón fueron favorecidos con una variación de la medida de coerción que los mantenía en Najayo a prisión domiciliaria, presentación periódica, impedimento de salida y una fianza de 50 y 70 millones de pesos, suma exorbitante en un país con una tasa de pobreza por encima del 30%.  Ha sido esto causa de indignación de la gran mayoría del pueblo dominicano que ven como la justicia no obra igual para todos.

Y no es que han sido absueltos de las acusaciones que se les imputa pero si han sido favorecidos a disfrutar de las comodidades que han comprado con dinero (aparentemente) mal habido, mientras la inmensa mayoría de presos preventivos “disfrutan” del hacinamiento que se vive en algunas de las cárceles dominicanas.

Al parecer los rumores sobre la protección con la que cuentan los involucrados locales en este caso, de parte de los detentores del poder político no son del todo falsos. Es que hay que ser dichoso en la vida, para verse envuelto en uno de los casos de corrupción más grandes de la historia y no  perder tus privilegios, ni tu prestigio, ni la fortuna amasada sabrá Dios cómo. Dicho de manera llana y sencilla: «nacer como la auyama…». Otros no han tenido la «buena fortuna» que les permita recibir la justicia que debe ampararles en igualdad.

Publicado en la edición 104 de Fuáquiti, correspondiente al 14 de septiembre de 2017

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¿Quién protege a los policías?

escena_crimen_cadaverLa semana pasada seis miembros de la Policía Nacional fueron asesinados para despojarlos de las armas de reglamento que portaban. Estos ataques a policías activos se han convertido en una tarea casi común de los delincuentes para conseguir así el armamento que le permita perpetrar los atracos, asaltos y asesinatos que tienen a la ciudadanía al borde de la desesperación.

Y no es que el asesinato de miembros de la uniformada sea nuevo pero está pasando con una frecuencia alarmante. Y si ellos no están seguros, imagine lo desprotegidos que estamos los ciudadanos de a pie.

Sin lugar a dudas la delincuencia organizada ha puesto de rodillas a las autoridades competentes. Todas las estrategias de seguridad nacional han sido fallidas porque se han contemplado desde la represión y no desde lo primordial, acabar con las causas que han hecho que la delincuencia no pueda ser contenida y que están ligadas directamente a la desigualdad social. Por otra parte, la reforma del cuerpo policial no ha sido aplicada con eficacia. Sacar las naranjas podridas, educar a los agentes y trabajar la seguridad preventiva debe ser la primera tarea.

Mientras tanto, siguen muriendo quienes tienen la obligación de cuidarnos. Y siguen quedando familias sin, en la mayoría de los casos, la persona que llevaba el sustento, hijos sin padres, esposas sin sus esposos.

Las autoridades deben asumir con mano dura la erradicación de este azote criminal, pero que no se entienda esto como una carta blanca para vulnerar los derechos de quienes cometen actos reñidos con la ley. Estas personas deben ser apresadas y puestas a disposición del estamento judicial para que desde ahí se imparta justicia.

Publicado en la edición 102 de Fuáquiti, correspondiente al 31 de agosto de 2017

Ni una menos

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Fotografía de Sebastián Grez

El femicidio, definido por Diana Russell, promotora inicial del concepto, como «el asesinato de mujeres por hombres motivado por el odio, desprecio, placer o sentido de posesión hacia las mujeres», se ha convertido en una especie de epidemia que ataca rabiosamente a la sociedad dominicana. Según el Observatorio de Seguridad Ciudadana, entre enero y junio del presente año han sido asesinadas en República Dominicana más de cincuenta mujeres por sus parejas, ex parejas o pretendientes. Y si vemos los últimos casos que han conmovido a la sociedad dominicana notaremos que el número de víctimas puede ser mayor por ser los cuerpos abandonados o enterrados y no ser contabilizados por las autoridades competentes.

La primera causa visible de estos asesinatos es la forma machista en que hemos sido educados. Es imposible que la mujer esté segura mientras los hombres las sigamos viendo como una propiedad, “un pedazo de carne”. Y detrás de esta formación machista se encuentra un Estado irresponsable e incapaz de proteger la vida de las mujeres; un Estado que, a pesar de haber penalizado el femicidio, ha fallado en prevenir estos actos violentos después de que la víctima ha denunciado a su maltratador, obligando a la mujer a entregarle al hombre la orden de alejamiento, acción en la que casi siempre el hombre termina quitándole la vida; un Estado débil que ha permitido que preceptos religiosos no hayan dejado que se imparta Educación Sexual en el sistema educativo estatal.

Y en complicidad con el Estado están los medios de comunicación que perpetúan los mensajes misóginos producidos por la música y la publicidad y que siguen sirviendo noticias con sesgos y enfoques denigrantes que solo culpabilizan y re victimizan a la mujer maltratada. Estamos también nosotros, vecinos, amigos, transeúntes, que nos escudamos en aquello de que “en pleitos de marido y mujer nadie debe meterse” para voltear las cabezas y esconder las miradas en nuestras propias preocupaciones manchándonos también de culpa y sangre.

Y hay una consecuencia casi invisible que son los niños y niñas víctimas directas de estos crímenes quienes quedan marcados de por vida y a quienes el Estado no provee de protección, frente a ese hombre iracundo, que a veces asesina también a sus propios hijos, ni tampoco les suministra acompañamiento psicológico o psiquiátrico que les permita superar sus traumas y ser hombres y mujeres libres de ese círculo de violencia generado en el seno de sus familias.

Es necesario que, desde cada hogar y desde las escuelas, iglesias, clubes y cualquier otro espacio de sociabilización, eduquemos a nuestros hijos e hijas en igualdad y equidad. Es necesario que entendamos, los hombres, que no somos dueños de la vida ni el destino de la mujer que comparte (compartió) nuestro lecho; es necesario que las mujeres se sientan seguras al abandonar, sea cual fuere la razón, una relación de pareja.

Es necesario pues recordar las palabras de la activista mexicana Susana Chávez: “Ni una mujer menos, ni una muerta más”.

Publicado en la edición 103 de Fuáquiti, correspondiente al 7 de septiembre de 2017

 

Mirar una frondosidad de peces

Un inmenso manantial de agua brotó de la calabaza rota y cubrió la Tierra de ríos y lagos, de océanos y mares. En el agua dulce y en el agua salada nadaban peces de muy diferentes tamaños y colores; peces multicolores, como el arco iris. Y así fue como de los huesos de Yayael nació el mar. 

                                                                                                Mito taíno, recogido por

fray Ramón Pané

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Mirar el mar, ser quizás un pez que, en su memoria líquida, recorre la transparente piel del salitre. Hacerse uno también un puñado de aleteos que transita el presuroso temblor del agua y rescatar el naufragio de memorias que reposa, inquieto, entre las horas que,  marchitas, vamos viviendo.

Háganse los peces nos sumerge, sin pedir permiso, en una narrativa de insularidad, «esa maldita circunstancia del agua por todas partes», y nos hace (re)plantear la relación que tenemos con el mar y su frondosidad de peces, esos frutos de escamas,  que revolotean mansos entre vida y muerte.

«¿No sientes que andan peces antiguos por tus venas recientes?», pregunta el poeta Manuel del Cabral y, de alguna manera, desde estas fotografías se nos cuestiona exactamente lo mismo. El nacimiento del mar y los peces, que representan simbólicamente a todas las criaturas marinas, está presente en todos los textos que

explican el surgimiento del hombre sobre la faz de la tierra. Para algunos pueblos de la antigüedad, el pez representa, en una dualidad contrastante,  la muerte y el nacimiento. Para el cristianismo, es poseedor de la fuerza espiritual de Jesús, el Cristo; sus apóstoles son nombrados como «pescadores de hombres» y quienes se bautizaban eran considerados como peces que renacían de entre las aguas purificadas. Pez: vida moviéndose entre/contra las aguas.

Pedro Genaro, desde la fotografía documental, irrumpida por «lo real maravilloso», y utilizando referencias bíblicas, perfectamente identificables desde el título de la muestra, cuestiona nuestro trato con la naturaleza. Muestra esas simbiosis que, quizás, resumen todos los secretos de la existencia: mar-tierra, vida-muerte, bien-mal, contenidas en una dualidad hombre-pez.

Háganse los peces es, sin dudas, una acusación directa a nuestra destructiva forma, antropocéntrica y egoísta, de relacionarnos con los demás seres del universo. Estas fotografías, denuncia del ahora, anuncio del mañana, representan la paradójica relación del hombre y su entorno: te mato para alimentarme.

Desde estas imágenes, se dibuja esa frondosidad de peces que, como un espejo, refleja nuestra propia naturaleza de predadores, viniendo como bumerán contra nuestras cabezas.

 

Luis Reynaldo Pérez

Poeta/Curador de arte