Haikus en el mismo trayecto del sol: brevísimo repaso a la presencia del haiku en la poesía dominicana

Todo cabe en lo breve.
Pequeño es el niño y encierra al hombre;
estrecho es el cerebro y cobija el pensamiento;
no es el ojo más que un punto y abarca leguas.
Alejandro Dumas

 

Haikus

© José Augusto García

 

 

Para iniciar este brevísimo recuento de la historia del haiku en la tradición poética dominicana debemos primero definir y conocer la historia de este género. Y partimos preguntándonos ¿qué es un haiku?, interrogante que puede ser respondida desde dos abordajes:

  1. En cuanto a la expresión, un haiku es un breve poema de 17 sílabas, que suelen están organizadas en tres versos (5-7-5). En la tradición japonesa el haiku es un texto simplísimo: prescinde de título, rima, mayúsculas y signos de puntuación; de cierta manera, se acerca mucho a lo que decimos hablando.
  2. En cuanto al contenido, el haiku es la mirada a un suceso de un acontecimiento, a veces insignificante, que capta la atención del haijin (persona que escribe haiku), el cual lo poetiza y lo lleva más allá del significado nimio que pueda tener. La inspiración puede venir al observa lo circundante: un arroyo, una montaña, la vegetación. Y en el caso del poeta citadino puede darse a partir de las sensaciones y fenómenos propios de la urbe: transito, edificios, gente caminando.

Matsuo Bashö, considerado hoy el más grande poeta japonés, decía que el haiku «refleja lo que vive el poeta aquí y ahora». Y en mis propias palabras el haiku es una fotografía del instante.
El origen del haiku, se remonta al siglo XVI. Algunos estudiosos lo vinculan formalmente al katauta, un breve poema que oscilaba entre la pauta 5-7-5 y la 5-7-7; otros lo vinculan al haikai, que era una creación colectiva y podía superar el ciento de versos. De manera gradual se fue fijando la forma de 17 sílabas, en la severa combinación 5-7-5. Sin embargo, parece ser que existieron otras formas antecesoras del haiku: chooka, tanka, sedooka, y especialmente el renga, canción colectiva que introdujo un elemento festivo en la literatura japonesa. En todas estas formas aparecen los versos de 5 y de 7 sílabas en distintas sucesiones, y también se afirma el concepto de estación. Es preciso aclarar que la rima no se usa en el haiku; en cambio se ha empleado bastante en las traducciones y en los textos originales en otras lenguas distintas al japonés.
Hasta comienzos del siglo XX, no se dejó sentir en Occidente el influjo de esta enigmática poesía mística. Se abrió paso gracias a los imaginistas angloamericanos, como Thomas E. Hulme y Ezra Pound, a los surrealistas franceses, como Apollinaire o Paul Éluard, y al conservador Paul Claudel. Poco después, el poeta mexicano José Juan Tablada introdujo el haiku en lengua española, al que llamó «poema sintético», y extendió su influencia de manera casi inmediata a la poesía latinoamericana. En España aparecen rastros del haiku en los Machado, Juan Ramón Jiménez, Guillén, García Lorca y en particular Juan José Domenchina, autor de un haiku tan clásico como:

Pájaro muerto
¡Qué agonía de plumas
en el silencio!

En América Latina, el poeta más cercano al haiku fue indudablemente Juan José Tablada. No obstante, y como señala Gloria Ceide-Echevarria en El haikai en la lírica mexicana, Tablada «no intenta conservar las 17 sílabas del haikai (o haiku) japonés; en solo tres de los poemas de Un día… se ciñe a las 17 sílabas tradicionales, aunque no a la distribución clásica de tres versos de 5, 7 y 5 sílabas». Por otra parte, apela casi siempre a la rima, un recurso normalmente descartado por lo poetas japoneses.
De todas maneras, la introducción del haikai efectuada por Tablada en la poesía mexicana, tuvo influencia en muchos otros poetas de ese país. Cabe mencionar a Rafael Lozano y otros postmodernistas; a José Gorostiza, Jaime Torres Bodet, Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer, y Octavio Paz.
Una singular excepción es nada menos que Jorge Luis Borges, que fue un buen conocedor de la poesía japonesa. En 1972 ya había incorporado seis tankas en El oro de los tigres, pero es en La Cifra (1981), libro dedicado a María Kodama, donde incluye 17 haikus originales, no traducciones, todos con la estructura fija heredada de Bashö (5-7-5). Hay que señalar que en esos poemas mínimos de última hora hay algunos de notable calidad. A diferencia de Tablada, Borges, cuando elige el haiku, no se aparta ni una sola vez de la norma clásica.
En la República Dominicana el haikú se introduce de manera formal a nuestra tradición poética de la mano de Alexis Gómez-Rosa quien publica en 1985 High Quality, Ltd., libro en el que Gómez-Rosa, ya con varios libros publicados, trasvasa todas sus búsquedas poéticas a este pequeño reservorio para colocar una piedra angular sobre la  cual muchos de nosotros construiríamos. Alexis escribe un haiku en que rompe con la tradición, donde sigue con su intención de convertir el lenguaje en un material elástico que expande y contrae a voluntad:

El camino se recoge
en la mirada: nos abraza
el horizonte.

Pero de alguna forma la influencia del espíritu Zen en la poesía dominicana, esa sensibilidad de atrapar el instante, la encontramos en la poesía de Domingo Moreno Jimenes, cuyo influjo se halla en la poética Gómezrosiana, y aunque no escribió haikus, en su poesía se halla esa sensibilidad y esa sorpresa del hallazgo poético. Valga recordar aquel libro único de la tradición local, Triálogos,  en el que Moreno Jimenes, junto a Mariano Lebrón Saviñón y Alberto Baeza Flores, va recorriendo las calles de la ciudad de Santo Domingo mientras «sorprenden» a la poesía.  Estos «aires del haiku» están presentes también en los libros Alegoría vital del, casi, desconocido poeta Dionisio López Cabral y en Poesía inmóvil de Gerardo Castillo Javier, en cuyos textos se busca aprehender lo que rodea al poeta. No solo lo que sucede, también lo sensorial. Pongo como ejemplo este brevísimo poema de Dionisio López Cabral:

Ejido

Aquel lugar sencillo
donde los lagartos
llevan agua a los muertos.

 

Casi diez años después de la publicación de High Quality, Ltd. aparece, en 1993, Hai Q Ram, de la autoría de Rafael Abreu Mejía, poeta que perteneció al grupo «La antorcha», igual que Gomez-Rosa, y que estaba retirado desde finales de los setenta del «mundillo literario dominicano».  Y en su regreso a las lides literarias trae consigo este libro de haikus en lo que la contemplación del «aquí y el ahora» adquieren un tono metafísico:

Cielo estrellado

La noche me mira
con millones de ojos
acusadores.

En 1999 Basilio Belliard, estudioso del haiku y de la literatura japonesa en general, publica un libro de haikus de circulación limitada, titulado Manual del peregrino e incluido en la antología Obras 1991-1999, en el que se ciñe al haiku clásico en cuanto a la forma y el contenido, para muestra:

Cae  la  hora.
La  gota  de  rocío
salta  en  llamas.

 A partir del año 2000 se suceden una serie de publicaciones de este género: La luna y el dromedario de Rafael Hilario Medina; El otro jardín de Güido Riggio Pou, donde está incluido uno de los haikus más bellos y sobrecogedores que he leído: «Temo  a  la  noche ./Sé  que  una  noche  se/quedará  conmigo.»; Poemas del silencio de Rafael Ciprián; y Hebras de tiempo y Bajo un velo de llamas de Julio Adames.
Es en la segunda década del siglo xxi que se da una especie de resurgimiento del haiku entre los poetas dominicanos. Y suceden dos hechos de gran trascendencia para la comunidad de haijines y lectores del haiku: la celebración del I Premio Nacional de Haiku, una idea de Basilio Belliard organizado conjuntamente por la Embajada de Japón y el Ministerio de Cultura en el año 2011; y la inclusión en la Feria Internacional del Libro del año 2013  de un espacio nombrado «Bulevar del Haiku» en el que se realizaron recitales, conversatorios, talleres, conferencias en torno al género. En este espacio además se presentó la antología Cerezo  en  flor: breve  muestrario  del  haiku, compilada por la poeta Deidamia Galán, coordinadora de dicho bulevar, y quien ese mismo año publicaría su colección de haikus eróticos Para romper este silencio.
Rafael García Bidó, uno de las figuras claves vinculadas al haiku «dominicano», y quien en el año 2007  obtuvo el «Premio a la mejor colección de haiku» (ex-aequo) en el II Concurso Internacional de Haiku de la Facultad de Derecho de Albacete, publica Huellas de unicornio y Verdor claro y oscuro.
Desde ese año, 2010, no ha mermado el interés ni cesado las publicaciones de colecciones y antologías de haiku: quien suscribe estas líneas publica en el año 2012 Temblor de lunas, ganador del I Premio Nacional de Haiku el año anterior, y en 2013 Toda la luz, en el que me aparto del haiku tradicional para hablar de mi cotidianidad urbana; Alexis Gómez-Rosa vuelve al haiku con Trueno robado y otras japonerías, libro que había incluido en El festín. (S)Obras completas, y que edita de manera independiente en 2013 acompañado de fotografías y dibujos realizados en la técnica Sumi-e, en el que vuelve a verter la cotidianidad desde su personalísimo estilo.
Siguiéndole las pistas a los libros publicados encontramos Miradas de Gladys Almonte, del año 2013; Como el agua de Keyselim Montás; y Haikus de sangre de la artista visual Anny Concepción, en el año 2017.
Quiero detenerme acá para señalar otros dos hitos del recorrido del haiku entre nosotros:

  1. En el año 2015 el poeta César Sánchez Beras publica Juego de asombro, primer libro de haikus para el público infantil y en versión bilingüe inglés/español. César rompe de alguna manera el mito de que los niños no entienden el haiku y construye un libro que enriquece la experiencia lectora de los infantes.
  2. El otro hito a resaltar es el surgimiento del Taller del Circulo Literario Coiné, dirigido por Alexis Peña, que ha realizado varios talleres de «jaikus» de los que han surgido los libros Ritual de arena de Graciela de la Cruz;  Aletear de libélulas de Miriam Mejía; Nubadas de Emilio Antonio Vásquez; y Lucecitas del rocío y Agua mansa de Rosaura Bretón. Además, las antologías Mirada de haijin, Otro día los cerezos y 133 jaikus con y sin zen. 

Para finalizar es importante mencionar a poetas que, aunque no han publicado un volumen completo de haikus, si han incluido algunos textos de este género, en sus libros de poesía como el caso de Cesar Zapata, Ángela Hernández, y José Enrique García. Y otros cultivadores del haiku con colecciones inéditas como Jael Uribe, Ramón Saba, Máxima Hernández, Mateo Morrison y Hermes de Paula. El haiku sin dudas ha calado en el gusto del escritor y lector dominicano. Ojalá y siga cultivándose y conociéndose la producción de los poetas mencionados y de nuevos haijines que surjan. Ojalá también tener más actividades de promoción y formación en torno a esta antigua expresión literaria.


Para citar esta publicación:

Pérez, Luis Reynaldo. (2018). Haikus en el mismo trayecto del sol: brevísimo repaso a la presencia del haiku en la poesía dominicana. julio 09, 2018, de Luis Reynaldo Pérez Sitio web: https://luisreynaldoperez.wordpress.com/2018/07/09/haikus-en-el-mismo-trayecto-del-sol-brevisimo-repaso-a-la-presencia-del-haiku-en-la-poesia- dominicana/

 

 

Nacer como la auyama

36366057934_e194213d50_oMientras el país comenzaba a asimilar los daños causados por el paso del huracán Irma, sobre todo en las ciudades de Nagua y Puerto Plata,  el viernes recibíamos una noticia, un palo acecha’o, que se suma al cerco de impunidad que ahorca cada día más a la sociedad dominicana.

Los únicos dos acusados por el caso Odebrecht que estaban encarcelados, Víctor Díaz Rúa y Ángel Rondón fueron favorecidos con una variación de la medida de coerción que los mantenía en Najayo a prisión domiciliaria, presentación periódica, impedimento de salida y una fianza de 50 y 70 millones de pesos, suma exorbitante en un país con una tasa de pobreza por encima del 30%.  Ha sido esto causa de indignación de la gran mayoría del pueblo dominicano que ven como la justicia no obra igual para todos.

Y no es que han sido absueltos de las acusaciones que se les imputa pero si han sido favorecidos a disfrutar de las comodidades que han comprado con dinero (aparentemente) mal habido, mientras la inmensa mayoría de presos preventivos “disfrutan” del hacinamiento que se vive en algunas de las cárceles dominicanas.

Al parecer los rumores sobre la protección con la que cuentan los involucrados locales en este caso, de parte de los detentores del poder político no son del todo falsos. Es que hay que ser dichoso en la vida, para verse envuelto en uno de los casos de corrupción más grandes de la historia y no  perder tus privilegios, ni tu prestigio, ni la fortuna amasada sabrá Dios cómo. Dicho de manera llana y sencilla: «nacer como la auyama…». Otros no han tenido la «buena fortuna» que les permita recibir la justicia que debe ampararles en igualdad.

Publicado en la edición 104 de Fuáquiti, correspondiente al 14 de septiembre de 2017

¿Quién protege a los policías?

escena_crimen_cadaverLa semana pasada seis miembros de la Policía Nacional fueron asesinados para despojarlos de las armas de reglamento que portaban. Estos ataques a policías activos se han convertido en una tarea casi común de los delincuentes para conseguir así el armamento que le permita perpetrar los atracos, asaltos y asesinatos que tienen a la ciudadanía al borde de la desesperación.

Y no es que el asesinato de miembros de la uniformada sea nuevo pero está pasando con una frecuencia alarmante. Y si ellos no están seguros, imagine lo desprotegidos que estamos los ciudadanos de a pie.

Sin lugar a dudas la delincuencia organizada ha puesto de rodillas a las autoridades competentes. Todas las estrategias de seguridad nacional han sido fallidas porque se han contemplado desde la represión y no desde lo primordial, acabar con las causas que han hecho que la delincuencia no pueda ser contenida y que están ligadas directamente a la desigualdad social. Por otra parte, la reforma del cuerpo policial no ha sido aplicada con eficacia. Sacar las naranjas podridas, educar a los agentes y trabajar la seguridad preventiva debe ser la primera tarea.

Mientras tanto, siguen muriendo quienes tienen la obligación de cuidarnos. Y siguen quedando familias sin, en la mayoría de los casos, la persona que llevaba el sustento, hijos sin padres, esposas sin sus esposos.

Las autoridades deben asumir con mano dura la erradicación de este azote criminal, pero que no se entienda esto como una carta blanca para vulnerar los derechos de quienes cometen actos reñidos con la ley. Estas personas deben ser apresadas y puestas a disposición del estamento judicial para que desde ahí se imparta justicia.

Publicado en la edición 102 de Fuáquiti, correspondiente al 31 de agosto de 2017

Ni una menos

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Fotografía de Sebastián Grez

El femicidio, definido por Diana Russell, promotora inicial del concepto, como «el asesinato de mujeres por hombres motivado por el odio, desprecio, placer o sentido de posesión hacia las mujeres», se ha convertido en una especie de epidemia que ataca rabiosamente a la sociedad dominicana. Según el Observatorio de Seguridad Ciudadana, entre enero y junio del presente año han sido asesinadas en República Dominicana más de cincuenta mujeres por sus parejas, ex parejas o pretendientes. Y si vemos los últimos casos que han conmovido a la sociedad dominicana notaremos que el número de víctimas puede ser mayor por ser los cuerpos abandonados o enterrados y no ser contabilizados por las autoridades competentes.

La primera causa visible de estos asesinatos es la forma machista en que hemos sido educados. Es imposible que la mujer esté segura mientras los hombres las sigamos viendo como una propiedad, “un pedazo de carne”. Y detrás de esta formación machista se encuentra un Estado irresponsable e incapaz de proteger la vida de las mujeres; un Estado que, a pesar de haber penalizado el femicidio, ha fallado en prevenir estos actos violentos después de que la víctima ha denunciado a su maltratador, obligando a la mujer a entregarle al hombre la orden de alejamiento, acción en la que casi siempre el hombre termina quitándole la vida; un Estado débil que ha permitido que preceptos religiosos no hayan dejado que se imparta Educación Sexual en el sistema educativo estatal.

Y en complicidad con el Estado están los medios de comunicación que perpetúan los mensajes misóginos producidos por la música y la publicidad y que siguen sirviendo noticias con sesgos y enfoques denigrantes que solo culpabilizan y re victimizan a la mujer maltratada. Estamos también nosotros, vecinos, amigos, transeúntes, que nos escudamos en aquello de que “en pleitos de marido y mujer nadie debe meterse” para voltear las cabezas y esconder las miradas en nuestras propias preocupaciones manchándonos también de culpa y sangre.

Y hay una consecuencia casi invisible que son los niños y niñas víctimas directas de estos crímenes quienes quedan marcados de por vida y a quienes el Estado no provee de protección, frente a ese hombre iracundo, que a veces asesina también a sus propios hijos, ni tampoco les suministra acompañamiento psicológico o psiquiátrico que les permita superar sus traumas y ser hombres y mujeres libres de ese círculo de violencia generado en el seno de sus familias.

Es necesario que, desde cada hogar y desde las escuelas, iglesias, clubes y cualquier otro espacio de sociabilización, eduquemos a nuestros hijos e hijas en igualdad y equidad. Es necesario que entendamos, los hombres, que no somos dueños de la vida ni el destino de la mujer que comparte (compartió) nuestro lecho; es necesario que las mujeres se sientan seguras al abandonar, sea cual fuere la razón, una relación de pareja.

Es necesario pues recordar las palabras de la activista mexicana Susana Chávez: “Ni una mujer menos, ni una muerta más”.

Publicado en la edición 103 de Fuáquiti, correspondiente al 7 de septiembre de 2017

 

Mirar una frondosidad de peces

Un inmenso manantial de agua brotó de la calabaza rota y cubrió la Tierra de ríos y lagos, de océanos y mares. En el agua dulce y en el agua salada nadaban peces de muy diferentes tamaños y colores; peces multicolores, como el arco iris. Y así fue como de los huesos de Yayael nació el mar. 

                                                                                                Mito taíno, recogido por

fray Ramón Pané

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Mirar el mar, ser quizás un pez que, en su memoria líquida, recorre la transparente piel del salitre. Hacerse uno también un puñado de aleteos que transita el presuroso temblor del agua y rescatar el naufragio de memorias que reposa, inquieto, entre las horas que,  marchitas, vamos viviendo.

Háganse los peces nos sumerge, sin pedir permiso, en una narrativa de insularidad, «esa maldita circunstancia del agua por todas partes», y nos hace (re)plantear la relación que tenemos con el mar y su frondosidad de peces, esos frutos de escamas,  que revolotean mansos entre vida y muerte.

«¿No sientes que andan peces antiguos por tus venas recientes?», pregunta el poeta Manuel del Cabral y, de alguna manera, desde estas fotografías se nos cuestiona exactamente lo mismo. El nacimiento del mar y los peces, que representan simbólicamente a todas las criaturas marinas, está presente en todos los textos que

explican el surgimiento del hombre sobre la faz de la tierra. Para algunos pueblos de la antigüedad, el pez representa, en una dualidad contrastante,  la muerte y el nacimiento. Para el cristianismo, es poseedor de la fuerza espiritual de Jesús, el Cristo; sus apóstoles son nombrados como «pescadores de hombres» y quienes se bautizaban eran considerados como peces que renacían de entre las aguas purificadas. Pez: vida moviéndose entre/contra las aguas.

Pedro Genaro, desde la fotografía documental, irrumpida por «lo real maravilloso», y utilizando referencias bíblicas, perfectamente identificables desde el título de la muestra, cuestiona nuestro trato con la naturaleza. Muestra esas simbiosis que, quizás, resumen todos los secretos de la existencia: mar-tierra, vida-muerte, bien-mal, contenidas en una dualidad hombre-pez.

Háganse los peces es, sin dudas, una acusación directa a nuestra destructiva forma, antropocéntrica y egoísta, de relacionarnos con los demás seres del universo. Estas fotografías, denuncia del ahora, anuncio del mañana, representan la paradójica relación del hombre y su entorno: te mato para alimentarme.

Desde estas imágenes, se dibuja esa frondosidad de peces que, como un espejo, refleja nuestra propia naturaleza de predadores, viniendo como bumerán contra nuestras cabezas.

 

Luis Reynaldo Pérez

Poeta/Curador de arte